Equilibrio y relaciones internacionales en Europa desde Carlos V hasta la II Guerra Mundial

Autor:Dionisio A. Peron Tomás
Páginas:73-138
Cargo del Autor:Universidad de Castilla-La Mancha
RESUMEN

1. Imperio de Carlos V y el equilibrio entre las potencias europeas. 2. La monarquía católica de Felipe II en Europa. 3. De la Pax Hispánica a los Tratados de Westfalia y la Paz de los Pirineos. 4. Luis XIV: de la hegemonía francesa al equilibrio de Utrecht. 4.1. La hegemonía: 1661-1668. 4.2. Hacia el equilibrio continental 1688-1715. 5. El siglo XVIII: entre el equilibrio y el revisionismo. 5.1. ... (ver resumen completo)

 
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1. Imperio de Carlos V y el equilibrio entre las potencias europeas

La idea de equilibrio está íntimamente relacionada, por oposición, a la de hegemonía. En la Baja Edad aparecieron diferentes Estados en Europa, con la consiguiente pérdida de supremacía del Papado y el Imperio. Estos Estados tenían plena soberanía e independencia. Necesitaban una situación política en la que ningún miembro de la comunidad internacional lograse superioridad, pues ello supondría menoscabo en la independencia de los demás. Surgía necesariamente la idea de equilibrio entre los Estados. Si bien este principio nació en Italia durante el siglo XV para mantener la situación de la Península; sin embargo, la idea de equilibrio sería desarrollada para ámbitos geográficos más amplios.

Fenelón expuso la idea de equilibrio en estos términos: Todas las naciones vecinas y ligadas por el comercio forman un gran cuerpo, una especie de comu-nidad. La cristiandad es una república general que tiene sus intereses, sus temores, sus órdenes y sus preocupaciones que observar; todos los miembros que forman este gran cuerpo deben mutuamente prevenir, ya para el interés común, ya para el propio, todo progreso que cualquiera de ellos que destruya el equilibrio y del que resultaría la inevitable ruina de los demás miembros del mismo cuerpo. Todo lo que cambie o altere este sistema general de Europa, es harto peligroso y lleva consigo infinitos males. Todas la naciones vecinas están de tal modo entrelazadas por sus intereses, tanto entre sí como con Europa, que los menores progresos particulares pueden alterar este sistema general que hace el equilibrio y es el único que puede construir la paz pública. Quitad una piedra en la bóveda y caerá todo el edificio, porque todas las piedras de aquélla se sostenían mutuamente. La humanidad impone, pues, un deber mutuo de defensa en las Naciones vecinas contra un Estado que se convierte en demasiado poderoso, del mismo modo que hay deberes mutuos entre los conciudadanos para defender la libertad de la patria. Si el ciudadano debe mucho a aquella de la que es miembro, mucho más debe al reposo y salud de la república universal, de la cual la última forma y en la cual se comprenden todas las patrias de los particulares .

Esta idea se recogería, de manera más o menos explícita, en las relaciones entre los Estados en la Edad Moderna, y se manifestó ya en los tratados a lo largo de los siglos XVII y XVIII, siendo sus hitos Westfalia y Utrecht.

El desarrollo del equilibrio europeo encontró un escollo en la política matrimonial de los Reyes Católicos y el azar. La herencia de Isabel y Fernando recayó en Carlos de Gante. A estos extensos territorios, se unieron los de la Borgoña y Austria. Una Monarquía que ponía en peligro el equilibrio del occidente europeo.

Esta situación originó una fuerte rivalidad con Francia, que se manifestó en distintos espacios para mantener cierto equilibrio. El control de Italia ya enfrentó a los reyes de Aragón y Francia. Francisco I no renunció a esa presencia. Pero tras Pavía, la situación fue todavía más favorable a Carlos I, que aseguró Milán. El tratado de Madrid supuso la hegemonía del emperador, lo que justificó su incumplimiento posterior y la formación de la Liga de Cognac (Francia, Inglaterra, Venecia y el Papa); sin embargo, tras varios años de lucha, se consiguió el tratado de Cambrai, más equilibrado, por el que se reconoció el control imperial en Italia a cambio de renunciar a Borgoña. Además, al conseguir Carlos la alianza de Génova, podía contar con una poderosa armada, fortaleciendo su posición en el Mediterráneo (beneficiando a la banca genovesa a costa de consolidar el declive catalán).

Italia contaba con dos Estados verdaderamente independientes, sin perjuicio de que Saboya desempeñase un gran papel en el futuro: Venecia y Roma, que actuaban como tercera fuerza, buscando el equilibrio entre los dos colosos. Otro aspecto a destacar de la Península Itálica era su situación de barrera frente al otro gran Imperio, el Otomano. Turquía era la gran tercera gran pieza del tablero europeo, controlando el Mediterráneo Oriental. Italia tenía un gran valor estratégico al ser la frontera política e ideológica entre el Islam y la Cristiandad.

Carlos V sintió el ideal de Cruzada y anhelaba la Paz Cristiana para encabezar la lucha contra el infiel. Su idea imperial resultaba trasnochada. Francisco I, por el contrario, actuó como un príncipe del Renacimiento. Trató de asegurar sus dominios y su independencia aliándose con los turcos. Pretendía equilibrar el poder de su rival. Esta alianza propició el control turco de los Balcanes (batalla de Mohacs y pérdida de Hungría), presencia que se prolongaría más de tres siglos, con tantas repercusiones en la Historia y las relaciones de Europa. El emperador también buscó alianzas para equilibrar ese frente con Persia y el zar Basilievich IV; como consecuencia, los turcos pactaron una tregua con Carlos V (1545-47). Otra manifestación de la alianza de Francisco I con los otomanos fue su ayuda a los piratas berberiscos, poniendo en peligro las comunicaciones entre España e Italia. Carlos V intentó contraatacó con expediciones a Túnez y a Argel, con diferentes resultados.

Francisco I aprovechó todas las dificultades de su rival en el interior de sus reinos. La reforma luterana supuso un grave conflicto en Alemania al cuestionar la autoridad del emperador. La actitud dialogante de Carlos no logró atajar el problema (Dietas de Worms, Spira o Aubsburgo). Los príncipes protestantes se coaligaron en la Liga de Esmalkalda (1531), teniendo que transigir Carlos con la Paz de Nuremberg al año siguiente1 . Finalmente se impuso la solución militar, venciendo el emperador en Muhlberg (1547). Este triunfo bien pudo ser la causa de su ruina. Rompió completamente el equilibrio en Alemania. La actitud de su hijo, postulándose como heredero del Imperio, rompió la unidad familiar, manifiesta en la pasividad de la rama austriaca ante los enemigos del emperador. Además, Mauricio de Sajonia, que colaboró en el triunfo de Carlos, traicionó al César cuando vio cómo se gestionó la victoria. Firmó el acuerdo de Chambord con el rey de Francia y los príncipes vencidos. Enrique II pudo ocupar Toul, Verdún y Metz, donde el emperador sufrió una grave derrota que acabó en la penosa fuga de Innsbruck. Se impuso la Paz de Augsburgo en el Imperio, que suponía el fin de la unidad de la Cristiandad y el triunfo del principio cujus regio, ejus religio . Carlos V tuvo que aceptar la tregua de Vaucelles con Francia, por cinco años, que dejaba a Francia Saboya y Piamonte, y España consolidaba su posición en Toscana (febrero de 1556). Poco después, Carlos V abdicaba.

Hay que destacar a otros dos grandes protagonistas de la diplomacia europea en este período: Portugal e Inglaterra. Con ellos pudo realizar el emperador la tradicional diplomacia de los Habsburgo, las alianzas matrimoniales. Portugal, una vez solventadas las diferencias coloniales, se convirtió en un aliado de primerísimo orden. Fue una auténtica alianza familiar, al tiempo que se perseguía la unidad política. Las relaciones con Inglaterra, muy estimadas por el emperador, tuvieron altibajos.

Otras naciones completaban el tablero europeo. El rey de Dinamarca lo era también de Suecia y Noruega; sin embargo, en este período, Suecia consiguió su independencia e inició su expansión en el Báltico. En estos reinos triunfó la Reforma, siendo aliados de Francia. Polonia, con una monarquía electiva, pasó de ser la nación más consolidada del este a iniciar su decadencia, cuando la aristocracia fortaleció sus posiciones en la segunda mitad del siglo. Moscú, por su parte, logró una posición preponderante entre los principados que ocupaban el espacio ruso. Iván III unificó el territorio con diversos medios, al tiempo que se consideraba heredero de los emperadores bizantinos (se había casado con Sofía, sobrina del último basileus). Con todo, sería su nieto, Iván IV, coronado zar en 1547, quien forjaría Rusia, el coloso del Este, a caballo entre dos continentes.

2. La monarquía católica de Felipe II en Europa

Carlos V dividió sus territorios entre su hermano Fernando y su hijo Felipe. Fernando se convirtió en emperador con los territorios patrimoniales más Bohemia, Moravia y la parte de Hungría que no habían ocupado los turcos. Pero el Imperio ya no era la estructura política de la Edad Media; poco a poco se fue confundiendo con Alemania para acabar siendo Austria. Alemania se liberó de la autoridad imperial, quedando dividida entre católicos y luteranos. Los primeros eran más fuertes en el norte y el este; los segundos conservaban el sur y el oeste. Fernando I dividió su herencia entre sus hijos, aunque su primogénito conservó la parte esencial y le sucedió como emperador con el nombre de Maximiliano II. El sucesor de éste, Rodolfo II, cedió el gobierno de Austria a su hermano Ernesto, conservando Bohemia y Moravia. A diferencia de Maximiliano II, Rodolfo II no supo cumplir la paz de Augsburgo y la convivencia se deterioró. La tensión comenzó a agudizarse, manifestándose abiertamente en el siglo XVII. No obs-tante, la gran amenaza del Imperio seguían siendo los turcos; sie embargo, a partir de la década de los sesenta, el frente se estabilizó en el Danubio y Hungría.

Felipe II, en esos momentos rey consorte de Inglaterra, heredó los territorios más importantes de su padre. No recibió el título de emperador; sin embargo, fue el monarca más poderoso de su tiempo, alterando el equilibrio europeo en su beneficio. Siguió, al menos en principio, las alianzas con Inglaterra y Portugal, y un fuerte vínculo con la otra rama familiar. Por el contrario, también heredó los enemigos de su padre, tal fue el caso de los protestantes,...

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