Prólogo

Autor:Enric R.Bartlett Castellà
Cargo del Autor:Doctor en Derecho. Director del Seminario Permanente de Derecho Humanos, Facultad de Derecho de ESADE; Universitat Ramón Llull
Páginas:9-21
 
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En marzo de 2007 se celebró la XIII sesión del Seminario Permanente de Derechos Humanos, Antonio Marzal, de nuestra Facultad. Coincidió con la conmemoración de la firma en Roma, el 25 de marzo de 1957, de los Tratados constitutivos de la Comunidad Europea y de la Comunidad Europea de la Energía Atómica1.

Dichos acuerdos internacionales fueron consecuencia de los puntos de encuentro suscitados por el funcionamiento de la Comunidad Económica del Carbón y del Acero (CECA) creada por el Tratado de París, firmado el 18 de abril de 19512. Es justo recordar una vez más que fue Robert Schuman, ministro de asuntos exteriores de Francia, quien el 9 de mayo de 1950 propuso establecer una autoridad común para regular la industria del carbón y del acero en Alemania Occidental y en Francia. Su finalidad: acabar con la rivalidad entre ambos países, una de las causas de la primera (1914-1918) y de la segunda (1939-1945) guerras mundiales que asolaron el continente. Bélgica, Holanda, Italia y Luxemburgo, campo de batalla habitual de esas y anteriores contiendas entre ambas, se sumaron a la idea.

Precisamente, con motivo del 50 aniversario del Tratado CECA, la sesión del Seminario se dedicó a los derechos humanos en la Unión Europea3. Los cambios en el mundo y en el mismo proceso europeo entre 2001 y 2007, nos parecieron motivos suficientes para interrogarnos, nuevamente, sobre la con-

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tribución del proceso europeo a la defensa y garantía de los derechos humanos, históricamente, a día de hoy y sobre sus posibilidades de futuro.

El pensador, de Auguste Rodin, exhibido en el palacio del Quirinale con motivo de las celebraciones del cinquentenario4, bien pudiera representar la concentración y la fuerza necesarias para plantear e intentar responder a esos interrogantes. Nosotros, más modestamente, los afrontamos con la participación de un brillante grupo de ponentes. Tras una intervención preliminar de Julio Añoveros, que como director de la cátedra Jean Monnet de la Facultad se refirió al evento de los 50 años de la firma de los Tratados y el sentido de la conmemoración, disertaron, por orden de intervención: Jaime Oraá, Gabriel Cisneros, Agustín Ulied, Eduardo Rojo, Mauricio Rojas, José J. Romero, Ramón de Miguel, Jordi Garcia-Petit y Josep Piqué.

Las múltiples obligaciones del profesor Oraá como rector de la Universidad de Deusto, nos han privado del texto de su conferencia en la que efectuó una aproximación histórica e histórico-jurídica, al origen y evolución del proceso europeo que, anticipándose a los Tratados constitutivos, se inicia con la Convención Europea de Derechos Humanos.

Queda en nuestro recuerdo la presencia de ánimo y la generosidad de Gabriel Cisneros, que se forzó a salir del hospital durante unas horas y desplazarse desde Madrid para compartir con nosotros la que fue su última conferencia. Una intervención en la que analizó el significado de la Carta de los Derechos Fundamentales de la Unión Europea, a partir de la proclamación efectuada por los pueblos de Europa de compartir un futuro pacífico basado en unos valores comunes de dignidad humana, libertad, igualdad, solidaridad. Valores, todos ellos, bien presentes en su dilatada trayectoria política. Sus vivencias personales como miembro de la Convención que elaboró la Carta, jalonaron una aportación donde el rigor jurídico y el análisis político se entremezclaron para proclamar que cualquiera que fuere el devenir del proceso de un tratado para la constitución de Europa, embarrancado entonces, naufragado ahora, por los No a la ratificación de los electorados holandés y francés, la Carta de los Derechos Fundamentales debe tener un lugar preeminente en los textos que vertebran el proyecto europeo.

La economía como elemento dinamizador del proceso de integración europeo es el objeto del análisis de Agustín Ulied, quien nos aporta claves que visualizan la correspondencia entre la espectacular recuperación económica que el proceso impulsa y la consiguiente recuperación política. Es la cimentación sobre la que se construye el entramado institucional que a la vez la refuerza. Los Tratados de «fusión» de los consejos de ministros y las comisiones, 1965; los

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PRÓLOGO

de modificación de disposiones presupuestarias, 1970; Acta única, 1986; Maastrich, 1992; Amsterdam, 1997; Niza, 2001; ahora podemos añadir, Lisboa, 2007 -pendiente de ratificación-. La ya larga secuencia de Tratados, de la que obviamos el de una Constitución para Europa, 2004, por no haber entrado en vigor, da un significado renovado a las palabras de Denis Rougemont que el ponente recuerda: «Encontrar a Europa es lo mismo que construirla».

El rechazo del electorado a la Constitución de 2004, que es el rechazo de una parte de Europa a una concreta forma de construirla, más allá de catalizar y expresar el malestar social ante el gobierno proponente por razones estrictamente domésticas, conjeturo que algo tendrá que ver con la idea firmemente arraigada que asocia Unión Europea con burocracia5y, por ende, con falta de transparencia y lejanía. Esta cuestión, no especialmente tratada por los ponentes, requerirá sin duda una respuesta institucional si se quiere completar con éxito el proceso de ratificación del Tratado de Lisboa.

En 1948, se nos recuerda, el Congreso del Movimiento Europeo aboga por una «Carta de Derechos Humanos» que con este nombre y pendiente de su incorporación al Tratado de la Unión, verá la luz el año 2000. Muchos son los pasos dados entre esas dos fechas mediante el método Schumann de realizaciones concretas que creen una solidaridad de hecho. Resiguiendo el texto de Ulied vemos como ese método funcional tiene en la economía una herramienta particularmente adecuada. Así, Juan José Romero nos recordará como la política agraria común, al permitir la libre circulación de productos agrícolas, contribuyó a instaurar la unión aduanera para el conjunto de sectores económicos y como «el propósito de evitar que las fluctuaciones de los tipos de cambio nacionales distorsionaran el sistema de precios agrícolas uniformes» impulsó decisivamente los mecanismos monetarios antecedentes de la moneda única.

El Euro, uno de los grandes éxitos exhibidos en este 50 aniversario, aporta un grado de estabilidad macroeconómica particularmente de agradecer en tiempos de turbulencias financieras como las que vivimos en octubre de 2008, cuando se escriben estas líneas. Pero esta misma situación hace evidente que el pacto de estabilidad en el que se sustenta necesita un entramado fiscal más coherente y unas reglas de gobernanza económica claras y, en determinados aspectos, comunes. Seguramente también lo es que conviene extender la unión económica

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y monetaria a estados que quieran y puedan adoptarla, si se pretende preservar y ampliar el área de estabilidad.

Las consideraciones de Ulied vinculan estrechamente el proceso europeo y un concreto modelo económico que, en sus palabras, sea útil «no sólo como instrumento para el crecimiento del bienestar sino también para configurar un modelo de sociedad que avance hacia la adopción y el respeto de los derechos fundamentales». Esa lectura del modelo que conocemos como «welfare state» es objeto de controversia en la aportación de Mauricio Rojas.

Repetir sus palabras es la mejor forma de introducir su tesis: « los estados de bienestar, que en su momento fueron construidos con el propósito explícito de crear sociedades cohesionadas y relativamente armónicas, se han transformado a mi juicio en generadores de desintegración y tensiones sociales».

Este contundente postulado se sustenta en la comparativa de gasto por habitante en dos pilares básicos del estado de bienestar: salud y educación, entre Estados Unidos y diversos paises europeos (Suecia, Gran Bretaña y Francia y algunas referencias a España). A continuación, para reforzarlo, se analiza la capacidad para generar empleo de esas economías, así como sus respectivas cargas tributarias y sociales. El lector ya adivinará, sin duda, que resultado arrojan ambos análisis. Su crítica a los grandes estados de bienestar europeos es rotunda cuando los tilda de desincentivadores de la cultura del trabajo, del estudio y de la creación de empleo legal. Estamos pues, ante una provocación en toda regla, argumentada y documentada, a la sensación de confort intelectual ante el denominado «modelo social europeo», que bien justifica su atenta lectura.

Mayor unanimidad suscita que sin crecimiento y sin aumento de la productividad, no será posible mantener el...

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