Economía del comportamiento y política de competencia

Autor:Mateo Silos Ribas
Cargo del Autor:Economista
Páginas:15-53
 
ÍNDICE
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1. Introducción

La economía del comportamiento comprende un conjunto de aproximaciones teóricas que tratan de modificar la teoría económica estándar para incorporar facetas del comportamiento humano que se

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encuentran ausentes de dicho marco teórico. Partiendo de algunos resultados obtenidos en otras disciplinas, principalmente de la psicología, la economía del comportamiento estudia cómo los individuos se desvían del modelo de elección racional que caracteriza a la teoría económica neoclásica. Su objetivo principal es dotar a la teoría económica de un mayor realismo, para mejorar su poder explicativo y aumentar su utilidad y eficacia.

Desde la aparición de varios artículos seminales en las décadas de los años setenta y ochenta del siglo XX, el interés por la economía del comportamiento ha seguido una tendencia creciente, principalmente por la acumulación de evidencia sobre comportamientos inconsistentes con las predicciones de la teoría económica estándar. De acuerdo con esta evidencia, los individuos tienen una racionalidad y un autocontrol limitados, y no se guían únicamente por la satisfacción de su interés personal, sino que también tienen en cuenta valores como la equidad. De este modo, y tras haber constituido un programa de investigación minoritario durante algún tiempo, la economía del comportamiento ha ido ganando importancia en el seno de la economía. En el año 1997, el Quarterly Journal of Economics le dedicó un volumen especial, y en el año 2002 el Premio Nobel de Economía fue concedido al economista Vernon L. Smith, por sus contribuciones a la economía experimental, y al psicólogo Daniel Kahneman, por haber integrado algunos resultados de la psicología en la economía, en especial en cuestiones relativas a la toma de decisiones en condiciones de incertidumbre. En los últimos años, la economía del comportamiento ha traspasado los muros del mundo académico y ha penetrando en el resto de la sociedad a través de exitosos libros divulgativos como Predictably Irrational, de Dan Ariely, Nudge: Improving Decisions About Health, Wealth, and Happiness, de Richard Thaler y Cass Sunstein, o Thinking, Fast and Slow, de Daniel Kahneman.

Desde su aparición, la economía del comportamiento ha ejercido influencia en varias áreas de la economía, principalmente en la economía financiera, pero también en la economía pública, la economía laboral, o la economía de las organizaciones. Más recientemente, han comenzado a explorarse sus implicaciones en el área del derecho y la economía, y en concreto, en la política de competencia, ámbito en el que durante los últimos años ha tenido lugar una interesante reflexión en la que no sólo han participado juristas y economistas, sino también autoridades de competencia. En efecto,

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tanto la Office of Fair Trading como la Federal Trade Commission han mostrado su interés en estudiar las posibles implicaciones de la economía del comportamiento en la política de competencia a través de simposios, informes, artículos, e incluso algún discurso. Parte de la reflexión ha tenido lugar en el ámbito estadounidense, donde a día de hoy existen posiciones enfrentadas entre los partidarios del denominado behavioral antitrust y sus detractores.

El objetivo de este artículo es revisar la literatura y presentar las principales implicaciones que la economía del comportamiento podría tener en la política de competencia. El artículo se organiza del modo siguiente. En la Sección II se analizan las principales aportaciones científicas de la economía del comportamiento. En la Sección III se estudia cómo afecta la existencia de sesgos conductuales al funcionamiento eficiente del mercado. En la sección IV, se analizan las implicaciones que los sesgos conductuales en consumidores y empresas podrían tener en la aplicación del derecho de la competencia, es decir, en el enforcement. En la Sección V se estudia hasta qué punto la economía del comportamiento supone un cambio radical en la política de competencia o, por el contrario, únicamente una matización enriquecedora. En la Sección VI se concluye.

2. La economía del comportamiento

La teoría económica convencional supone un mundo habitado por individuos racionales que utilizan del mejor modo posible la información de la que disponen. El nombre que normalmente se utiliza para referirse a este individuo es homo economicus. Como consumidor, este individuo maximiza su utilidad. Como empresario, maximiza beneficios. En ambos casos, sopesa de modo racional los costes y los beneficios de sus acciones y elige siempre de forma óptima. Tradicionalmente, el homo economicus ha sido defendido porque constituye un supuesto que, a pesar de no ser completamente realista, facilita la construcción de modelos económicos razonablemente precisos que sirven para comprender la realidad. Es decir, aunque sea falso, el supuesto de homo economicus permite simplificar el

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mundo para elaborar modelos muy eficaces para explicar multitud de fenómenos1.

La economía del comportamiento, que en parte surge a partir de la convicción de que el punto de vista anterior no es correcto, integra aportaciones de la psicología y de la economía para estudiar qué sucede cuando los individuos son más limitados e imperfectos de lo que supone la teoría económica estándar2. Según la economía del comportamiento, los individuos no son homo economicus, sino homo sapiens3. Aunque los individuos del mundo real guardan bastantes parecidos con el individuo racional de la teoría económica, son bastante más complejos, en la medida en que pueden ser olvidadizos, impulsivos, emocionales, o miopes. A pesar de que estas imperfecciones constituyen la materia sobre la que han trabajado tradicionalmente los psicólogos, hasta tiempos recientes han sido generalmente dejadas de lado por la economía. De acuerdo con la economía del comportamiento, los principales rasgos no realistas de la teoría económica son los supuestos de racionalidad ilimitada, voluntad ilimitada, y de interés personal ilimitado4. Estos tres aspectos son matizados por la economía del comportamiento.

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2.1. Racionalidad limitada

El estadounidense Herbert Simon fue uno de los primeros economistas en trabajar en la frontera entre la psicología y la economía, así como en criticar la idea de que los individuos disponen de una capacidad ilimitada para procesar información. Simon utilizó el término racionalidad limitada para describir una concepción más realista de la racionalidad de los individuos. De acuerdo con esta concepción, no debe esperarse que los individuos resuelvan problemas difíciles de forma óptima, puesto que lo racional para ellos es adoptar reglas generales (rules of thumb) y economizar en facultades cognitivas5. Por lo tanto, Simon consideraba que los individuos no eran maximizadores sino satisfactores (satisficers), en el sentido de que no siempre eligen la opción óptima sino solamente una opción suficientemente buena. La existencia de cuasi-racionalidad o racionalidad limitada está ausente en la teoría económica convencional. A continuación se presentan los principales resultados que se han obtenido en este ámbito durante las últimas décadas, muchos de ellos provenientes de estudios experimentales específicamente diseñados para estudiar la existencia de limitaciones o sesgos en la racionalidad.

En primer lugar, los individuos suelen tener un exceso de confianza en sus propias capacidades6. Para estudiar este sesgo, los psicólogos han llevado a cabo experimentos en los que se realizan preguntas numéricas sobre distintos fenómenos, como, por ejemplo, la población de la ciudad más poblada de Latinoamérica o la montaña más alta de Europa. Los sujetos del experimento tienen que responder con intervalos de confianza del 90%7, y no con una estimación única. Los estudios realizados indican que la mayor parte de los individuos contestan con un intervalo demasiado pequeño y el

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valor se sitúa dentro del intervalo menos de un 90% de las veces8.

En segundo lugar, las personas tienden a mostrar un sesgo optimista9, en virtud del cual consideran que la probabilidad de que les suceda algo malo es menor que la que realmente es. Por ejemplo, la mayor parte de las personas piensa que la probabilidad que tienen de sufrir un accidente de tráfico es significativamente menor que la probabilidad que tiene una persona típica. No obstante, esta creencia no puede ser correcta para todas las personas, puesto que si todas las personas estuviesen por debajo de la media, la media sería, efectivamente, menor de lo que es. También existe evidencia de que las personas infra-estiman la probabilidad relativa (con respecto a otros individuos) de que les suceda algo malo.

En tercer lugar, los individuos otorgan un peso excesivo a información muy reciente y vívida10. Por ejemplo, supóngase un individuo que está pensando en adquirir un electrodoméstico. Para ello, agrega y revisa una gran cantidad de información proveniente de páginas web y revistas de consumo. Una vez se ha formado una opinión, se encuentra con un amigo que tiene dicho electrodoméstico y que le comenta que es de muy mala calidad. Si el individuo es racional, la opinión de...

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