La Unión Europea: ¿Actor global en defensa de los Derechos Humanos? 7ª Ponencia

Autor:Josep Piqué
Cargo del Autor:Diputado del Parlamento de Cataluña y senador. Ex ministro de Asuntos Exteriores
Páginas:153-169
 
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Quisiera cumplir estrictamente, y de forma muy rigurosa, el encargo que se me ha formulado. El programa es muy claro: se me pide que hable de la Unión Europea como un actor global en defensa de los derechos humanos, pero en el marco de unas reflexiones previas respecto a la política exterior y de seguridad de la Unión Europea y, por tanto, de la política de defensa, las misiones huma- nitarias y los procesos de ampliación conforme a la extensión de los derechos humanos y la garantía de los derechos humanos. Y se pide si éste es el norte de la política comunitaria en este ámbito y cuál es su efectividad. Creo que vale la pena repasar un poco la historia y de contextualizar, porque en la actualidad podemos hablar de la Unión Europea como de un actor global en términos también de defensa y de promoción de la defensa y de la efectividad de los derechos humanos en cualquier parte del mundo, no sólo en el ámbito propio de la Unión Europea. También quisiera expresar un claro agradecimiento a ESADE, particularmente a la Facultad de Derecho, y a la Fundación FAES, que ya tiene una ciertano, tradición en organizar este seminario permanente en recuerdo del inolvidable doctor Antonio Marzal. Así, pues, quisiera contextualizarlo en términos políti- cos para comprender por qué hoy tenemos la capacidad de referirnos a la Unión Europea como un actor relevante con relación a los derechos humanos. Si difícilmente podremos entender por qué hoy las cosas son cómo son; cuáles son los límites; cuáles son los condicionantes, y, en definitiva, cuál puede ser su evolución futura. Si no lo vemos desde esta perspectiva, podemos quedarnos en una aproximación estrictamente juridiscista -para entendernos-, pero que nos dificultaría la comprensión política de lo que representa la Unión Europea en este ámbito. Y a mí me gusta mucho hacer esta introducción, y la he hecho en otras ocasiones, porque creo que es muy clarificadora y fácil de entender.

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La Unión Europea, lo que hoy conocemos por Unión Europea -este es su denominación actual, reciente, pues no era conocida con este nombre históricamente, y ahora se cumplen 50 años, efectivamente, del Tratado de Roma-, nació ciertamente como un proyecto político, pero sus fundadores, los padres de la construcción europea, Schumann, De Gasperi, Adenauer, etcétera, sabían muy bien que, para tirar adelante un proyecto político de construcción europea, de construcción de Europa como un ente político en sí mismo, como un proyecto político, era preciso proceder de una manera suficientemente pragmática para superar los extraordinarios traumas que la historia europea ha vivido durante muchos años.

Europa nunca ha sido una realidad política en sí misma. Ha habido intentos de unificar Europa en base a la dominación militar, y esto lo ha intentado todo el mundo. Lo intentó España en su día; lo intentó Francia, y lo intentó el Reino Unido, más bien desde una perspectiva diferente, siempre procurando que los poderes hegemónicos en el continente europeo estuvieran equilibrados y ninguno destacara por encima de los demás. Pero Europa, como proyecto político, nunca ha sido una realidad. Europa ha sido un teatro de confrontación donde se han desarrollado constantemente guerras para la hegemonía en el propio continente y, por extensión, en todo el mundo, durante muchos años y durante muchos siglos.

La historia de Europa no es sólo la historia de la búsqueda de la hegemonía dentro del continente europeo, sino también a través del colonialismo y de las diferentes formas de colonialismo que van variando a lo largo de los siglos, también es una lucha por el dominio a escala global, a escala planetaria. Y es evidente que los últimos años, el último siglo de la historia de Europa, ha sido un siglo extraordinariamente convulso, en el que el respeto por los derechos humanos, como es natural, brilla por su ausencia. Las consideraciones políticas de este hecho son diversas. Estos días estoy leyendo un libro extraordinariamente interesante que recomiendo, que es Los amos de la guerra. Se trata de una historia de la Segunda Guerra Mundial, desde la perspectiva de las motivaciones psicológicas que tenían sus grandes cuatro actores: Churchill, Roosevelt, Stalin y Hitler. Y te das cuenta muy claramente de que las motivaciones psicológicas, e incluso las motivaciones políticas de los diferentes países, en ningún momento parten de consideraciones, para entendernos, fundamentalmente éticas, sino de poder y de distribución geográfica del poder y de distribución planetaria del poder. Y esto ha sido siempre así. Cuando se inicia el proyecto europeo, a finales de los años cincuenta, el recuerdo es muy claro: ha habido una Segunda Guerra Mundial con millones de muertos, la cual había venido precedida por la Primera Guerra Mundial, también con millones de muertos. Sólo pasan veinte años entre la Primera Guerra

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Mundial y la Segunda. La Primera Guerra Mundial, que fundamentalmente es un guerra europea pero que después, con la incorporación de los Estados Unidos y otras potencias extraeuropeas, se puede denominar «mundial», es una guerra entre potencias coloniales por el dominio del mundo. No hay consideración de derechos humanos en este conflicto, de ningún tipo; pero, unos años antes, cuarenta y pico, la otra gran confrontación europea había sido la guerra franco-prusiana, con todas las consecuencias que acarreó.

Tras estas tres guerras, siempre ha habido una confrontación por la hegemonía en Europa entre las diferentes potencias. Particularmente, estamos hablando de los últimos setenta y cinco años hasta la Segunda Guerra Mundial entre Francia y Alemania, siempre con la Gran Bretaña procurando que la balanza fuera hacia un lado u otro en función de los intereses del Imperio Británico. Son setenta y cinco años terribles, de guerras brutales, de millones de muertes, de confrontación a muerte para ver quién se apoderaba, de alguna manera, de la hegemonía en Europa.

Y tras el enorme drama de la Segunda Guerra Mundial, los padres de la construcción europea parten de la convicción de que hay que procurar hacer lo posible para evitar que en el futuro Europa vuelva a ser un gran teatro de confrontación y de guerra. Y, por tanto, se plantean qué se puede hacer para establecer las bases de una reconciliación permanente entre Francia y Alemania, con la complicidad de la Gran Bretaña. Y ésta es la primera idea que tienen los padres de la construcción europea, pero saben que, si lo plantean en términos estrictamente políticos, no saldrá bien, porque las heridas todavía son muy recientes. Al final de los años cincuenta, sólo han transcurrido quince años del final de la Segunda Guerra europea, los actores de la guerra todavía están vivos y su recuerdo también es muy vivo, y plantean el tema de una manera extraordinariamente pragmática. Acaso alguien se pregunte: ¿Qué tiene que ver esto con los derechos humanos? Lo diré al final, pues me parece que efectivamente tiene mucho que ver. «Pongamos en común intereses que hagan que la confrontación sea más costosa que la cooperación y, por tanto, pongamos en común intereses económicos: cuanto más comunes sean los intereses económicos a través del mercado, más difícil será que vuelva a haber una confrontación que finalmente se transforme en una confrontación militar, en una confrontación bélica.» Por eso, los que ya tenemos cierta edad sabemos que al principio la construc- ción europea era conocida universalmente con la expresión «mercado común», y durante mucho tiempo todos estuvimos hablando del Mercado Común. Porque la idea era: «Pongamos en común intereses económicos a través de la unificación del mercado y de la definición de políticas económicas comunes, de forma que la imbricación de intereses haga mucho más difícil que vuelvan a reproducirse

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las raíces de los conflictos que en siglos anteriores han acabado llevando el continente a la devastación.»

Y esto empieza así, y durante muchos años fue así. Y se fue avanzando paulatinamente, pero se hicieron cosas muy importantes. Por ejemplo, se decidió algo tan importante como que la política comercial tenía que ser común y que ya no habría barreras comerciales entre los primeros países miembros de la Unión, sino que en todo caso habría un arancel común de cara al exterior, pero que, en cambio, en el interior del mercado habría libre circulación de mercancías; y esto se complementaba con otras libertades: la libertad de circulación de los trabajadores, la libertad de establecimiento, etcétera; las cuatro libertades. Y es lo que permitió consolidar el proyecto.

Progresivamente, además -y ésta es una historia que creo que es muy interesante -, la construcción europea se fue enriqueciendo desde el punto de vista geográfico. Al principio, como todo el mundo sabe, era un proyecto a seis, un proyecto de la Europa central, cuyos actores principales eran Francia y Alemania; fue entonces cuando se acuñó el concepto de eje franco-alemán, que tiene todo el sentido del mundo con seis, pero con...

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